domingo, 10 de febrero de 2008

Pre San Valentín


Bebé:


Esta semana será San Valentín o el día de los enamorados... siempre me ha tocado estar sólo para esta fecha, este año estás tú, lo sé y es maravilloso. Debes saber que San Valentín fue un Obispo Romano de los primeros tiempos del cristianismo que casaba en secreto a los enamorados bajo la Ley de Dios, por esa causa no le fue muy bien con quienes no les gustaba ni Cristo ni el romance, aún así hasta hoy se le recuerda por creer en algo tan hermoso como es el amor entre dos personas.

Sé que a tu mamá no le va a gustar lo que sigue pero, leí esta columna y me interpretó profundamente, es del mismo caballero que te contamos hace un tiempo sobre su hijito Clemente. Esta vez escribió a su mujer, sobre la rutina y lo dulce y amargo que es formar una familia pero que todo resulta al final si hay amor... yo quisera volver a tener esa familia que construímos con tu mamá y que ahora la integras tú. No es que me lo merezca, ni sea una cosa de un día para otro, también sé que se necesitan dos para el amor, pero quería que supieras que a pesar de mí, de lo que he hecho y dejado de hacer, incluso con todo aquello, si alguna vez te lo preguntas, la respuesta es Sí, yo sigo completa y profundamente enamorado de tu mamá, ella es la mujer que elegí no tan sólo para ser tu padre (pues sólo a través de ella es que tú existes, bebé) sino para que se convirtiera en mi familia, en mi angel, mi todo y mi otro yo; para que cuando llegue al final de la vida sólo fueran sus ojos los últimos que yo viera antes de morir y así seguirá siendo siempre. Yo amo a tu mamá.
Transcribí esta columna de Warnken porque siento igual cosa por tu mamita.

Besitos, te ama,

Tu Papá.


Mi amor por ti

¿Cómo comenzar esta columna sin temor de hacer el ridículo? Fernando Pessoa dijo una vez que todas las cartas de amor son ridículas. ¿Y las columnas de amor? ¿Se puede escribir una columna de amor? No estás en ninguna pauta, no eres titular de los diarios por el puro hecho de existir, pero -aunque suene a cliché irredimible- eres para mí la noticia que siempre será noticia. Pensé eso cuando vi la fotografía de esa pareja a la que la lava del volcán en erupción sorprendió abrazados, en la Pompeya de hace miles de años. Abrazados, derrotaron al fuego y al olvido con un gesto que conmovió al arqueólogo, al fotógrafo y a todos los que vieron emerger desde el fondo de los tiempos y de las ruinas esta "PietÀ" del amor humano. ¿Qué los salvó? No los salvó la épica, ni la gloria, ni la fama. Los salvó el amor.
Siempre quise escribirte un poema de amor, pero no pude. Cada vez que lo empezaba, me parecía un pobre ejercicio de retórica que no decía nada de ti. Entonces preferí hacer míos los poemas de amor de Éluard a Nusch, los de Apollinaire a Lou y los de Miguel Hernández a su mujer. Esos poetas parecían haberte conocido, porque decían de ti lo que yo no podía decir.
Si todas las cartas de amor son ridículas, quiero que esta columna sea ridícula, porque si no, no sería de amor. La escribo mientras le estás dando pecho a nuestro tercer hijo, en la pieza contigua. He oído que no hay que casarse con Beatriz ni con la Reina de Saba; que los grandes amores se realizan lejos de la contingencia, de la prosaica realidad de las mamaderas, los pañales, los cansancios.
"Amor perdido y hallado,/ y otra vez la vida trunca./ Lo que siempre se ha buscado/ no ha debido hallarse nunca", dijo un Neruda muy joven. Pero, ¿de qué me habría servido perderte, si te busqué siempre, más allá del tiempo, para vivir juntos, aquí y ahora, esta aventura, con todos sus bemoles y sus grietas? Ésta es nuestra Eneida real, nuestra Odisea de todos los días. Nuestra guerra de Troya se da en los límites de nuestro hogar, cuando en los peores momentos somos capaces de decir, como lo dijo el héroe griego: "Eres el amor que florece".
Tu nombre significa en los Balcanes "lucero de la mañana". Por eso, amanecer junto a ti es una fiesta: saber que estás ahí después de que acabó la noche.
Escribo esta torpe columna de amor en las horas más duras que un hombre y una mujer puedan vivir juntos. Este próximo 14 de febrero es el Día de los Enamorados, que coincide con la fecha de nacimiento de Clemente, nuestro amado hijo que se fue. ¡En una misma fecha, se juntan la prueba máxima de la existencia del amor y la prueba máxima para la supervivencia del amor! Sé que la muerte de un hijo trae el amargo sabor a derrota total que a veces atraviesa la existencia humana. Pero sé también que no hay nada que perturbe tanto a la muerte como la sonrisa de los que se aman. La muerte envidiosa tendrá que soportar nuestros besos y abrazos, que sobrevivirán a las lágrimas.
¿Qué es mi amor por ti? ¿Y tú me lo preguntas? Mi amor por ti es descender al infierno no para rescatarte yo -como Orfeo a Eurídice-, sino para rescatarnos mutuamente de esta casa en llamas que es la vida del hombre y la mujer todos los días, de este incendio y de este abismo que hemos disfrazado de cotidianidad y seguridad, creyendo controlarlo todo. Te propongo que este 14 de febrero celebremos el tercer no cumpleaños de nuestro hijo, mirando en la noche del sur de Chile -donde ahora nos encontramos- el cielo estrellado, para que en su pavorosa inmensidad descubramos que sus velas son tres estrellas que -aunque sabemos muertas- brillan todavía. Y que repitamos -como guerreros heridos dignos de esta batalla-, con todos los que han cruzado esta prueba de fuego antes que nosotros, el enigmático verso de Dante: "El amor mueve al sol y a las otras estrellas".

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